No es una novedad decir que el mundo se ha convertido en una aldea global. Y como en toda aldea, la información va muy deprisa, provocando pánico pues, generalmente, no está controlada. La consecuencia da lugar a auténticos dramas ya que los fenómenos y las soluciones se han convertido también en globales. Así, cuando Hong-Kong o los Estados Unidos tosen, el mundo entero se refría. Y esto afecta a todos los sectores de la economía, incluido, y quizá aquí debería escribir sobre todo, al de la relojería.

A pesar de todo, intentaré plantearles una reflexión que les ofrecerá una visión completa y circular de la industria de la medida del tiempo.

¿Qué es lo que más interesa? El dinero. Pues bien, el año 2016 no respiraba precisamente alegría en materia financiera. La Federación de la industria relojera suiza señala que la tendencia continuó en las exportaciones de relojes en diciembre en negativo. Con un -4,6%, las exportaciones registraron uno de los descensos más moderados del año, y esto con un día laborable menos que en 2015. Su valor se estableció en 1,7 mil millones de francos suizos, llevando el total anual a 19,4 mil millones de francos (-9,9%). Por supuesto, 19,4 mil millones de francos de cifra de negocio, o sea precio de exportación, es decir, del valor de los relojes que han salido de Suiza y no de la cifra de venta de relojes. Esto son sumas no vistas antes, especialmente si se comparan estos 19,4 mi millones con los 22,2 mil millones realizados en 2014. Podríamos decir que se trata realmente de una gran ralentización. Sin embargo, si hacemos un pequeño cálculo, vemos que entre 2014 y 2016 la diferencia es de 2,8 mil millones, es decir, apenas un poco más del 10%.

Por supuesto, esta diferencia es pesada de soportar, pero tampoco hay que exagerar. La relojería no va a morir y cuando vemos las pérdidas colosales que tienen otros sectores industriales en determinados años, no hay francamente motivo para hacer de ésto un asunto tan catastrófico. Salvo que, al conocer estos resultados, una gran parte de la industria relojera esté tentada de compensar este déficit atacando a los más pequeños, es decir los empleados. No cesaré jamás de decirlo, no es el personal de producción quien es responsable de esta situación, pero es lamentable que sean ellos quienes paguen la factura. Esta actitud  tiene como consecuencia la disminución del saber hacer, pues las personas despedidas irán a poner su talento al servicio de otra industria. Y después, algunos patrones se sorprenden de que no se encuentren especialistas…

Afortunadamente no todo el mundo reacciona así, fundamentalmente en el más importante grupo relojero mundial, el Grupo Swatch. Como decía su CEO, Nick Hayek, «cuando la cifra de negocio aumenta un 20% o más, nosotros no compramos jets ni castillos, guardamos el dinero para cuando se presentan los malos momentos, pues queremos conservar los saberes excepcionales de los relojeros».

Esta observación me lleva a tratar otro aspecto de esta crisis. En ciertos grupos, el poder lo ocupan cada vez más los financieros, que, aunque sean excelentes en su terreno, toman decisiones estúpidas, por decirlo educadamente, en lo que a la industria relojera se refiere, pues en general no conocen absolutamente nada sobre el tema. Quizá sólo diferencian entre un reloj de cuarzo y un reloj mecánico. Cuando se conoce la dificultad de producir un reloj, se comprende que tales actitudes tienen como consecuencia decisiones erróneas y, cuando se cotiza en bolsa, es difícil complacer a los accionistas anunciando cifras a la baja. Entonces se corta, se rebana, se elimina aquí y allá, y a menudo erróneamente. Pero esto seguirá así mientras las altas esferas de ciertos grupos y marcas no dejen de pensar sólo en complacer a sus accionistas.

Sí, es esto lo que ocurre cuando se contrata a “jefes” salidos de las mejores escuelas francesas de gestión. No obstante, antes de echarlos a la fosa de los leones, sería necesario darles un poco de formación, lo justo para que aprendan que la relojería no es sólo marketing.

Una observación más: desde hace casi medio siglo soy testigo de la vida de la relojería suiza y mundial. La fascinación que ejercía sobre los jóvenes periodistas de entonces se mantiene intacta. Sin embargo, han cambiado algunas cosas. Aunque, felizmente, quedan auténticos relojeros que imaginan y realizan relojes de excepción, hay que saber que no corren por las calles. Por tanto, esa estúpida carrera de la “alta relojería” me parece una imbecilidad total. En primer lugar, si hablamos de alta relojería, desearía que me explicaran qué es la baja relojería…

Por desgracia, ninguno de los habitantes de las últimas plantas de los rutilantes edificios de los grupos ha sido capaz de darme jamás una definición que tuviera sentido. Esto me hace pensar que para un buen número de directivos de marcas o de grupos, la relojería se ha convertido en un puro producto de marketing. Es triste y además es falso, pues incluso aunque un reloj sea un producto hecho enteramente por una máquina, es decir, de forma industrial, es siempre un objeto fascinante que requiere la concurrencia de una inteligencia excepcional desde el primer boceto a lápiz hasta su exposición en la vitrina de una joyería. Y es este objeto, ya sea “alta relojería” u otra relojería, el que toca la sensibilidad de los clientes y les hace soñar. Es por esto que reaccionar como lo hacen algunas marcas cuando la coyuntura no es buena, es como pegarse un tiro en el pie antes de correr un maratón.