Justo cuando las dos grandes manifestaciones relojeras del año han terminado sus fastos, primero el SIHH de Ginebra y después el Salón de Basilea, es hora de hacer un repaso de la situación. ¿Qué pasa realmente en las manufacturas y demás marcas? ¿Cómo vencer la crisis, que dura ya dos años? Y sobre todo, ¿quien permanecerá “de pie, sobre sus botas”?

Hoy ya podemos avanzar algo sobre todo esto que les planteamos. Incluso si la crisis no ha terminado, incluso si algunas marcas, y no pocas, tienen dificultades que les hacen temer seriamente por su futuro, incluso si el paro despliega sus efectos sobre toda la región productora de relojes, incluso si los stocks están archi-repletos, las marcas de relojes continúan afirmando que “esta crisis ha sido molesta, pero no muy grave”.

Este es el tipo de mensaje que el sector relojero intenta imponer para tranquilizar a los mercados que están en primera línea y sufren los efectos más duros y devastadores de la crisis.

Desde luego, si todo el mundo dice lo mismo, es decir que finalmente la situación no es tan mala, habrá que coger estas afirmaciones con pinzas.

Sí, los grandes grupos sufren y sus accionistas no deben estar muy contentos al tener que conformarse con menores dividendos, cuando no sin el los. Sí, algunas marcas familiares de prestigio van bien, pues la esencia misma de sus producciones son valores refugio, y, en caso de dificultades, los compradores no dudan en adquirir sus relojes. Sí, en el transcurso de estos dos últimos años, la situación de varias marcas independientes importantes no ha sido buena del todo y algunas continúan cayendo.

Aunque no es oficial, varias de estas marcas están buscando compradores o inversores para poder continuar su aventura relojera.

De todo esto se puede extraer ya una primera conclusión: es indispensable que la relojería vuelva a sus fundamentos y deje, entre otras cosas, de inflar los precios de una manera casi indecente.

La actitud de los mercados debería hacer comprender a los responsables de esta “burbuja” de precios que no hay que franquear la línea roja bajo riesgo de desaparecer. ¿Cómo puede un vendedor explicar que los relojes de una marca que solían estar entre 800 y 2.500 euros, ahora cuestan 6.000 ó 7.000 euros sin cambios o mejoras técnicas significativas?

Obviamente, los relojeros que practican esta política de precios inflados y abusivos no han entendido lo que está pasando y su futuro corre el riesgo de ser, digamos, “muy complicado”. Es necesario, por el buen nombre de las marcas, volver a la sensatez, poner los pies en la tierra y proponer a los clientes precios “decentes”.

Aunque la necesidad demanda imperativamente volver a precios realistas y justos, este “retorno a la normalidad” no es para mañana. De hecho, hay que recordar que la creación de un reloj es un asunto complicado y complejo que, aún teniendo enormes medios industriales y humanos, exige un tiempo considerable.

Es preciso, pues, que los mercados se armen de paciencia. En primer lugar para ir dando salida a sus stocks a un precio razonable, especialmente aquellos detallistas que no han tenido la suerte de que sus proveedores les recompraran los “invendidos”. Y después, para ir haciendo hueco en las vitrinas y preparar la llegada de las novedades que definiremos como “creíbles”.

Aunque los dos salones de relojería de enero (SIHH ) y marzo ( BaselWorld) han demostrado la voluntad del sector de poner los pies en la tierra presentando relojes seductores a precios asequibles, falta aún que los detallistas confirmen los pedidos realizados en Ginebra y Basilea, por un lado; y, por otro, que la producción de nuevos relojes sea plenamente operativa y funcional, y sea capaz de satisfacer la demanda de los mercados. Y todo esto sin caer en la precipitación, generalmente mala consejera.

Evidentemente, aunque la crisis en la relojería haya dado muestras de comenzar a remitir a principios de este 2017, hay que tener aún mucha paciencia, al menos durante varios meses. Paciencia para poder constatar que la tempestad se calma y permite, y no sólo a los grandes barcos sino también a los pequeños, a menudo muy creativos, navegar en aguas más tranquilas.