Hace unos días un amigo, buen conocedor de la relojería y gran coleccionista, me hablaba del interés cada vez mayor de las marcas por resucitar sus viejas glorias en lugar de apostar por nuevas creaciones. Una circunstancia que a mi amigo le parecía cuanto menos sorprendente. Cierto que hemos vivido y aún vivimos momentos de inestabilidad en los que las ventas de relojes se han visto afectadas, aunque las cifras de exportaciones de la relojería suiza dan por superada la crisis. Pero el exceso de reediciones o de colecciones inspiradas en antiguos y emblemáticos modelos que, desde hace unos años, inunda el mercado, hace pensar en una falta de imaginación importante de las marcas, que quieren apostar sobre seguro y no arriesgarse con nuevos desarrollos, quizá, más difíciles de vender.

Es comprensible que durante los malos años que ha vivido recientemente la relojería, las marcas hayan dado prioridad a los valores seguros en su catálogo, pero quizá esté llegando ya la hora de arriesgar un poco más. La innovación es un concepto que practican muy pocos y del que todos se reclaman. No cabe duda de que la moda vintage nos arrastra como una ola gigantesca.

Los ejemplos en el pasado SIHH, por no ir más lejos, han sido múltiples. Cartier con su Santos (el año pasado fue Panthère), Jaeger-LeCoultre con su Polaris, Vacheron Constantin con su Fiftysix inspirado en un modelo de 1956… Y, sinceramente, por lo que estamos viendo hasta ahora, la Feria de Basilea no será muy diferente en este sentido.

Es verdad, no obstante, que siempre quedan esas marcas que continúan innovando y arriesgando, haciendo grande esta industria centenaria. Marcas que se enorgullecen de haber seguido inventando, incluso en los peores momentos de la crisis, y de no haber despedido a sus equipos para no tirar así por la ventana todos sus conocimientos, como Patek Philippe, Breguet, Omega, Richard Mille o Greubel Forsey, entre otras. Un acierto que les garantiza el futuro, entrando por la puerta grande.