Los dos grande acontecimientos internacionales de la relojería para este año, el SIHH y Baselworld, ya han pasado. Ahora queda hacer balance y reflexionar sobre lo que allí hemos visto. Y lo cierto es que hemos visto de todo: auténticas innovaciones dispuestas a cambiar y mejorar la industria del tiempo con su apuesta por el futuro, marcas que se reinventan con más o menos acierto, otras que surgen de la nada, relojeros independientes que arriesgan y pugnan por un lugar bajo el hoy tímido sol de la relojería, relojes legendarios que celebran por todo lo alto aniversarios y efemérides reconocidas mundialmente, como el Omega Speedmaster, el Patek Philippe Aquanaut o el Rolex Sea Dweller, por poner sólo algunos ejemplos. Hemos descubierto novedades técnicas, prácticas y, en ocasiones, muy estéticas, pero también novedades que no lo son en absoluto porque simplemente cambian colores de esferas o de brazaletes sin más.

Dejemos de lado a estas últimas que aportan muy poco y centrémonos en las primeras, esas marcas y relojes que abanderan la vanguardia y son -o deberían ser- ejemplo para los demás. Aquí la palma se la lleva, sin duda, Patek Philippe y su Advanced Research por sus innovaciones en el terreno de la cronometría, la fiabilidad, la precisión y la durabilidad del reloj fundamentalmente. Ya se sabe que un buen reloj debe pasar de una generación la otra…

Reconocimiento merece también Omega por sus esfuerzos con su Master Chronometer, empeñado en minimizar el magnetismo terrestre; Rolex por la fiabilidad de sus nuevos mecanismos; Breguet por la constante optimización de sus tourbillon, emblema de la casa… Como también marcas que abren otras interesantes vías como TAG Heuer y su reloj conectado, ya en segunda generación; Bvlgari y su apuesta por la extrema delgadez… Y todo ello sin olvidar a esos jóvenes relojeros independientes que han sido, más allá de los gustos personales, lo más fresco y prometedor de ambos salones.

Si la técnica suele tener un papel estelar -hablamos de relojería mecánica principalmente-, la estética reclama su protagonismo también. Y es que la belleza es, sin duda, el primer y gran impacto a nuestra sensibilidad.